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Gracias al pueblo de Cuba Helio Gallardo Muchos latinoamericanos estamos agradecidos, y siempre en deuda, con el pueblo de Cuba. Nos ofreció, hace ya medio siglo, su gesta revolucionaria y popular convocándonos a querer aprender cómo dar cuenta de nuestra identidad personal, social, nacional y hemisférica, para que irradiaran dignidad y autoestima. Desde su economía difícil y agredida en un Caribe discriminado y empobrecido nos regaló, y sigue regalando, respaldo profesional y humano espléndidos. El pueblo de Cuba ha sido resguardo para innúmeros sufrimientos bajo las formas del asilo, atención médica, refugio familiar ante el acoso y el odio, espacios para el estudio y aprendizaje. Pueblo admirable. Cálido, generoso, dulce. Irónico y también orgulloso y fuerte ante quienes lo subestiman y le ofertan una mano envilecida por la arrogancia del dinero y el desprecio racial y cultural. La experiencia cubana animó la Teología latinoamericana de la liberación, la Teoría de la dependencia, el redescubrimiento de nuestra literatura como ethos cultural popular y, por desgracia, como negocio editorial. Entre los creyentes religiosos tuvo interlocutores como Pablo Freire, Hélder Cámara, Pedro Casaldáliga, Frei Betto y a millares que aprendieron del pueblo de Cuba que la fe es algo que se testimonia todos los días con organización y trabajo. La Teoría de la dependencia, con Bambirra, dos Santos, Marini, contribuyó tempranamente a cuestionar el mito del desarrollo al insistir en la ausencia entre nosotros de una burguesía nacional. Lo que fue hipótesis analítica es hoy presuntuosa proclama corporativa y tecnócrata, tenebroso lugar común globalitario. Constituir sociohistóricamente la verdad de lo imposible, el asalto popular y armado al cielo, es punto de toque de la estética de la violencia y el silencio (Rulfo) y de un realismo mágico (García Márquez) que conflictúa la realidad oficial desde la imaginación, la memoria y el deseo. Con las hazañas del pueblo de Cuba los latinoamericanos todos nos hicimos durante el siglo XX, sin merecerlo, especie humana. A este pueblo alborotador y bravo que nos ha abierto tantas posibilidades a los latinoamericanos, algunos lo estiman aterrado, enfermo, nostalgioso de los métodos de fuete y mayoral oligárquico e imperial. Ansioso por lamer la bota de los amos disfrazada de blanca lógica del mercado. Abierto de piernas para desempeñar el papel prostituto que, en el orden de las cosas, le corresponde, como al resto de América Latina. Del vientre, discernimiento y corazón de este pueblo complejo y sabio, sufrido y alegre, de su historia, surgió el liderazgo de Fidel Castro. Sin pueblo de Cuba, no hay Fidel. Fidel campeonizó con dignidad en todas las batallas porque condensó y expresó a su pueblo. Fidel pudo crecer y convencer fuera de sus fronteras porque, previamente, su pueblo lo había forjado en estatura humana. Pueblo campeón en América Latina el pueblo cubano. Campeón Cuba. Campeón Fidel. Campeones de la dignidad, por primera vez hecha gobierno perdurable, de los más humildes. Viva el pueblo de Cuba. Viva Fidel. Estas cosas nunca mueren si usted lucha organizado para que existan.
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Fidel Castro: Un testimonio Theotonio Dos Santos Argenpress Fidel Castro es el dirigente político en el poder por más tiempo en todo el mundo. Me acuerdo de un cargador de maletas en el aeropuerto de la Habana que, en los años ochenta, insistía en probarme que Fidel era el mayor líder de toda la historia. Citaba a Lenin, a Stalin, a Roosevelt, a Miterrand, a varios otros que conocía y había estudiado. A todos le ganaba Fidel por su profundo contacto con su pueblo, por la dimensión del desafío que representaba una pequeña isla como Cuba desafiar al mayor poder en el mundo. Jamás se le ocurrió a él, como a la mayoría de la población cubana, posiblemente la más politizada en todo el mundo, ver en Fidel una expresión de violencia, de imposición, de dictadura. Sin embargo, en gran parte del mundo occidental, se ve en la prensa diaria una imagen totalmente distinta de Fidel. Siempre amenazador, siempre delirante, siempre dispuesto a defender las causas contrarias a Estados Unidos, siempre dispuesto a mantenerse en el poder sin límites. Cuantas cosas terribles se le atribuye, y si tú dices algo en contra te achacan con tantos adjetivos y descalificaciones que pareces un extra terrestre. Te cortan el micrófono, suspenden tu entrevista en la tele, te retiran de las columnas de la gran prensa y así sucesivamente. He acompañado en detalles la revolución cubana desde mi juventud. He leído sus discursos desde Sierra Maestra. He estudiado todas sus declaraciones. He convivido con personas que fueron a ver la revolución cubana desde su cuna. Hasta que, mucho más tarde, por razones varias, lo vine a conocer personalmente en el Chile de la Unidad Popular. Desde entonces fueron muchas las oportunidades en que lo traté más directamente. No sé si puedo decir que soy su amigo pues hemos estado siempre en conversaciones políticas aún cuando en ambientes restringidos Pero tengo un sentimiento de tener en él un compañero de luchas, un compañero atento y siempre muy educado, muy sensible, muy preocupado con sus compañeros y amigos, con las personas en general y con la humanidad como un todo. Si Fidel tiene algo que ver con un dictador, que bueno serían los dictadores. He conocido a muchos políticos de varias orientaciones, fuera y en el poder. Ninguno tiene o tuvo la profundidad intelectual y la dimensión humana de Fidel Castro. Ninguno logra mantener el estudio sistemático de un problema por horas y horas en todos sus detalles y en todos sus aspectos como Fidel. Ninguno es capaz de mantenerse en una reunión académica por algunas horas, mucho menos por varios días en varias horas diarias (desde las 9 de la mañana hasta las 12 de la noche como lo he visto mantenerse en varias oportunidades). Y si es verdad que cuando toma la palabra es muy difícil detenerlo, escucha también, anota, responde exactamente lo que se le pregunta y tantas otras manifestaciones de respecto humano y de consideración al trabajo intelectual. Pero sobretodo es el único político a nivel de jefe de estado que admite debatir abiertamente con los que divergen de sus puntos de vista. Ciertamente ningún dirigente democrático que conocí tiene esta cualidad. En realidad, es el único que la practica ampliamente, con pasión y rigor, con autenticidad. Debo corregir: está surgiendo un nuevo líder político con esta calidad. Tratase de Hugo Chávez. A ver si logrará mantenerla por tanto tiempo. Hasta los ochenta años como Fidel Castro. Creo que es el primer discípulo de Fidel con esta característica que explica en gran parte su larga permanencia en el poder. Me extraña también que Fidel no se dirija a sus subordinados con palabras de bajo calibre y con órdenes impositivas, como ocurre en las democracias a varios niveles. Cuantas veces he escuchado explicaciones de amigos en el poder de que de otra forma no serían respetados. He convivido mucho con subordinados a los cuales les gusta la imposición del superior como forma de escapar de las responsabilidades, como oportunismo y carrerismo. Seguramente hay mucha gente así en torno a Fidel. Pero él no parece necesitar de la violencia verbal para imponerse. Cuentan amigos que vivieron los períodos iniciales de la revolución cubana muy cerca de él y de los dirigentes revolucionarios que sus discusiones eran violentísimas y apasionadas. Se puede imaginarlo en el medio de las tormentas revolucionarias donde se toman decisiones radicales sin saber exactamente sus consecuencias. He visto debates violentos entre los sandinistas, hasta sobre temas tan aparentemente distantes de la revolución como por ejemplo el rol de la rima en la poesía. Ver aquellos hombres y mujeres armados discutiendo las orientaciones de los talleres de poesía con tanta pasión parecía algo surrealista. Pero no había violencia de palabras, el uso de los palabrones, intentos de imposición irracional. Así imagino yo los debates del período inicial de la revolución que no pude compartir. Me acuerdo de las pasiones que, aún en el Chile tan comedido y británico, se producían durante el proceso revolucionario de 1970 a 1973 en los cuales participé intensamente. Con el tiempo, Fidel fue creciendo entre los revolucionaros y quizás muy pocos se atreverían a contestarlo. Pero cuantas veces él mismo asumió la autocrítica, como en el fracaso de la cosecha de los 10 millones de toneladas de azúcar en 1967. Era magnífico verlo frente a más de un millón de cubanos en la plaza pública asumir todas las responsabilidades del fracaso y, en seguida, poner su cargo a disposición de su pueblo. Nunca he visto nada similar en mis 50 y tantos años de experiencia política. Un sentimiento de debilidad de su poder personal quedó en mi mente cuando en 1985 lo invité a participar en el Congreso Latinoamericano de Sociología que organicé en Brasil. Eran evidentes sus ganas de estar presente. Controló sus ganas de participación cuando le propuse la creación de una gran revista de ciencias sociales en la región con el apoyo de Cuba. Le pareció una gran idea y designó dos representantes suyos en una reunión al día siguiente en la cual asistí espantado el director del Centro de América Latina rehusar la idea bajo el pretexto que la revista de su instituto cumplía este papel. Nunca hablé con él sobre este asunto pero esta fue una lección muy fuerte sobre los límites de su poder. Esta misma impresión tuvo un cura que participaba en las gigantescas reuniones sobre la deuda externa que se realizaron en Cuba en la misma época. Este cura, con el sentido de poder burocrático que todo clero tiene, tomó la palabra para decirle que extrañaba como él podía dirigir autoritariamente un país como Cuba si hace varios días participaba todo el tiempo en reuniones maratónicas de una asamblea permanente que operaba de las 9 de la mañana a las 12 de la noche. No veo a nadie pasándole mensajes y recibiendo órdenes. Entonces ¿quién gobierna este país? Preguntaba espantado. Me acuerdo que en esta oportunidad, en conversaciones bien íntimas Fidel me decía que estaba volcado básicamente para el estudio de los grandes problemas mundiales y nacionales mientras que las tareas de gobierno estaban en manos del partido, de las asambleas populares y de las nuevas generaciones. No creo que pudo mantener esta postura por mucho tiempo. En 1989 los rusos tiraban por el suelo aquellos acuerdos que Fidel describiera en las reuniones de la deuda como el nuevo orden económico mundial que Cuba había conseguido establecer con los países socialistas. Pero en medio de toda esta responsabilidad local e internacional, era impresionante ver a Fidel, algunos meses antes, cerrar su participación en una de estas reuniones de la deuda para asumir la dirección personal de la ayuda de Cuba a México con ocasión del terremoto violento que sufriera este país. Ahí, una vez más, el pueblo cubano ejercía su solidaridad revolucionaria bajo el liderazgo de su dirigente máximo. Me acordaba de la voz de Allende en el gran terremoto de 1971 en Chile. Voz que nunca había escuchado de otros dirigentes en ocasiones similares. Pero más impresionante aún era escuchar la voz de un dirigente levantarse para apoyar a los ciudadanos de un país hermano. ¿Donde está el dictador? ¿En el comportamiento, en el poder incontestable, en el sectarismo, en la intransigencia, en el oscurantismo intelectual, en la distancia con su pueblo, en el no respecto a las reglas de la más democrática constitución ya realizada hasta la constitución venezolana que también fue discutida, como la de Cuba, con toda la población y votada después de terminada por el parlamento? Democracia es poder del pueblo y confieso que no conozco otro país donde este poder es ejercido diariamente por la población como en Cuba. Donde los diputados de la Asamblea popular se sienten tan responsables por la vida de su pueblo como mi amigo diputado popular que me invitó a su ciudad al lado de Habana y se puso blanco de vergüenza por que había un hoyo en las calles de su ciudad. Por lo cual se sentía responsable después de las varias reuniones que habían realizado en el vecindario sin lograr resolver el problema porque, después que lo tapaban, el hoyo volvía a abrirse. No me vengan a decir que estoy ocultando los problemas de Cuba. Lejos de mí tal cosa. Tengo gran conciencia de ellos y les garantizo lectores que si alguien está consciente de ellos es Fidel Castro. Nunca lo sentí ocultarlos. Por el contrario, me acuerdo especialmente de la larga conversación con él y el gobernador de Río, Anthony Garotinho, en 2000 sobre el fenómeno de la pobreza en Cuba, tema que él estaba estudiando con un equipo de millares de jóvenes con la pretensión de realizar una intervención definitiva en el problema. Era tal su entusiasmo sobre su movilización de fuerzas en esta dirección que el joven gobernador se veía cansado mientras el viejo revolucionario continuaba preguntando sobre las experiencias de las políticas sociales en Río de Janeiro y contando sus experiencias sobre un fenómeno cuya extensión en Cuba él desconocía hace poco. Tendría tanto que contar sobre mi compañero Fidel Castro. Quiero hacer este testimonio incompleto pero muy sincero por ocasión de sus 80 años. Mas importante aún es hacerlo en el momento de su operación que espero podrá superar bien. Hablo del más grande personaje del Siglo XX que tiene mucho que dar al siglo XXI con este gran movimiento que se dibuja en Cuba en este momento bajo el título general de la Batalla de las Ideas. Abrir Cuba hacia el más profundo debate intelectual que un pueblo haya jamás realizado. Garantizar la educación universitaria para toda la población. Transformar Cuba en el más culto y consciente pueblo del mundo. Acordémonos que Latino América tuvo dos experiencias fantásticas en este sentido: los casos de Costa Rica y del Uruguay que alcanzaron índices altísimos de educación, calidad de vida y paz durante los años de estado de bienestar. Pero ninguno de ellos lo hizo cercados y atacados por el más grande poder económico y militar del mundo. Cuba lo puede hace por que realizó una revolución profunda y porque tiene un líder excepcional. Estoy de acuerdo con el cargador de maletas del aeropuerto de La Habana. Que honor desfrutar de su admiración tantas veces manifestada y - sí lo merezco - de su amistad.
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Fidel, 80 años Frei Betto Adital Si hubiera una fábrica de productos lúdicos destinados al mercado político, quizás "¿Dónde está Wally?" ganase la versión "¿Dónde está la izquierda?" Una parcela de la izquierda se siente avergonzada porque no es tan ética como ella misma propala; otra, porque falló el socialismo, excepto en Cuba. En Corea del Norte predomina un régimen totalitario y en China el capitalismo de Estado. Las plañideras del desastre del socialismo no se preguntan por sus causas ni denuncian el fracaso del capitalismo para los dos tercios de la humanidad que, según la ONU, viven por debajo de la línea de pobreza. De ese modo abrazan el neoliberalismo sin culpa. Y lo adornan con el eufemismo de "democracia", aunque acentúe la desigualdad mundial y niegue valores y derechos humanos cultivando la idolatría del dinero y de las armas. ¿Qué es ser de izquierda? Todos los conceptos académicos -ideológicos, partidarios y doctrinarios- son palabras huecas ante la definición de que ser de izquierda es defender el derecho de los pobres, aunque aparentemente ellos no tengan razón. Por eso, causa escalofrío ver a alguien que se dice de izquierda aliarse con la derecha. Fidel es un hombre de izquierda. No hizo, entre 1956 y 1959, una revolución para implantar el socialismo. Su motivación fue librar a Cuba de la dictadura de Batista, rescatar la independencia del país y liberar al pueblo de la miseria. Cuando visitó los Estados Unidos, poco después de su llegada al poder, fue ovacionado en las avenidas de Nueva York. La élite cubana se resistió a ceder los anillos para que toda la población tuviera dedos. Apoyada por la Casa Blanca, instauró el terror, empeñada en detener las reformas agraria y urbana y la campaña nacional de alfabetización. Kennedy, vitoreado como baluarte de la democracia, envió diez mil mercenarios para invadir Cuba por Bahía Cochinos en 1961. Fueron derrotados. Y la Revolución, para defenderse, no tuvo otra alternativa que aliarse con la Unión Soviética. Cuba es el único país de América Latina que logró generalizar la justicia social. Toda la población de once millones de habitantes goza de los derechos de acceso gratuito a la salud y a la educación, lo que mereció elogios del papa Juan Pablo 2º en su viaje a la isla en 1998. ¿Acaso será el paraíso? Para quien vive en la miseria en nuestros países -¡y son tantos!-, la forma de vida de los cubanos es envidiable. Para quien se considera clase media, Cuba es el purgatorio; para quien es rico es el infierno. Sólo soporta vivir en la isla quien tiene conciencia solidaria y sabe pensar en sí a través de la óptica de los derechos colectivos. ¿O alguien conoce a un cubano que le diera la espalda a la Revolución para defender a los pobres en otra parte del mundo? En el trayecto desde el aeropuerto de La Habana al centro de la ciudad hay una pancarta con el retrato de una niña sonriendo y la frase: "Esta noche 200 millones de niños dormirán en las calles del mundo. Ninguno de ellos es cubano". ¿Algún otro país del continente podría exhibir semejante anuncio a la mera puerta de entrada? La simple mención de la palabra Cuba provoca escalofríos en los espíritus reaccionarios. Critican la democracia de la isla, como si lo que predomina en nuestros países -corrupción, nepotismo, malversación- fuera modelo de algo. Entonces, ¿por qué no exigen que, primero, el gobierno de los Estados Unidos deje de profanar el derecho internacional y suspenda el bloqueo y cierre de una vez el campo su concentración en Guantánamo? Se protesta contra los fusilamientos de la Revolución, y me sumo a esa crítica, pues soy contrario a la pena de muerte, pero ¿dónde están las protestas contra la pena de muerte en los Estados Unidos y contra el fusilamiento sumario practicado en Brasil por policías militares? Cuba es hoy el país con mayor número de médicos y bailarines de ballet clásico por habitante. Y tiene en perspectiva un programa para atender gratuitamente, en los próximos años, a seis millones de latinoamericanos con deficiencia visual. Fidel está internado en un hospital. ¿Qué sucederá cuando muera, después de haber sobrevivido a una decena de presidentes de los Estados Unidos y a 47 años de esfuerzos terroristas de la CIA para eliminarlo? El buenhumor de los cubanos tiene la respuesta a flor de labios: "Como personas civilizadas, primero trataremos de enterrar al Comandante". Pero ¿será que el socialismo bajará a la tumba en su ataúd? Todo indica que Cuba se prepara para el período pos-Fidel. Lo que no significa, como esperan los cubanos de Miami, que eso sucederá en breve. En noviembre, en la universidad de La Habana, el líder revolucionario advirtió que la Revolución puede ser víctima de sus propios errores y dejó en el aire una pregunta: "Cuando desaparecen los veteranos, ¿qué hacer y cómo hacerlo?" En vísperas de su cumpleaños, el 13 de agosto, Fidel ya comienza a manifestar su testamento político. La mayoría de los miembros del Buró Político del Partido Comunista tiene entre 40 y 50 años, y cada vez son llamados más jóvenes a ocupar funciones estratégicas. Dado que el 70% de la población nació en el período revolucionario, no hay indicios de anhelo popular por el regreso al capitalismo. Cuba no quiere como futuro el presente de tantas naciones latinoamericanas, donde la opulencia convive con el narcotráfico, la miseria, el desempleo y la decadencia de la salud y la educación. Feliz cumpleaños y pronta recuperación, Comandante.
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SEMBLANZA DE FIDEL Ernesto Cardenal Nicaragua Escrito a solicitud de la BBC de Londres con motivo de los 80 años de Fidel Castro. Para quienes hemos conocido a Fidel Castro (y lo queremos y admiramos) es difícil hacer una breve semblanza de él. Porque contrario a lo que pueden pensar los que sólo lo conocen por los periódicos (muchas veces hostiles a él) no es un personaje simple de definir sino sumamente complejo. Ante todo hay que decir que es una personalidad genial. Pero no es solamente un genio, sino muchos genios. Se le conoció primero como un genio guerrillero. Después se ha revelado ser también un genio como estadista: uno de los más grandes estadistas de su tiempo, destacándose sobre todos ellos por haber gobernado tantos años con gran habilidad, o si se quiere con mucho éxito, enfrentándose al poder más grande del mundo en condiciones tan desiguales. Hay que agregar además que es un gran genio de la oratoria, yo diría que no sólo es de los más grandes oradores de su tiempo sino de toda la historia. Es asombroso ver cómo cautiva al auditorio, en Cuba y en cualquier otro país, hablando horas y horas, sin tener los discursos escritos como lo hacía Demóstenes, y a veces sin haberlos preparado siquiera, completamente improvisados. A diferencia de sus rivales los presidentes de Estados Unidos, que al decir de Gore Vidal no pueden escribir sus propios discursos sino tienen alguien que se los escriba, y a veces ni siquiera los pueden leer. Es un genio también en una gran cantidad de conocimientos. Es profundo en temas de agricultura, en temas de medicina, en economía (tal vez el más grande experto mundial en cuanto a la deuda externa), en electrónica, recursos energéticos, y muchas cosas más. Gabriel García Márquez me ha contado del acierto y profundidad con que ha analizado por la mañana una novela suya que acababa de leer la noche antes. Hace unos pocos años decidió estudiar la Teología de la Liberación, de la que no sabía nada, y algunos teólogos de esta teología me han contado cómo había llegado a ser un experto en ella. Podría agregar también que es genial en cuanto a la memoria: yo mismo soy testigo de cómo un tema inconcluso del que había conversado conmigo hacía diez años lo retomó cuando me volvió a ver diez años después (siendo tantas las personas que él ve). También es famosa su facilidad para retener los números y para hacer operaciones matemáticas instantáneas. Como alguien que lo ha tratado personalmente algunas veces, puedo atestiguar que es una personalidad fascinante: afectuoso, de voz muy suave, cortés, y aun tierno. Familiariza con cualquiera desde el primer momento. Es ingenioso, ocurrente, y siempre hace reír
Todo esto explica que para el pueblo de Cuba haya sido un personaje indispensable, que haya gobernado por tanto tiempo (no por las armas, pues no gobierna por las armas) y que tenga tan inmensa popularidad. Y también que tenga los enemigos que tiene.
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Leonardo Boff Los 80 años de Fidel: confidencias «Lo que voy publicar aquí va a irritar o a escandalizar a aquellos a quienes no les gusta Cuba o Fidel Castro. Eso no me preocupa. Si no ves el brillo de la estrella en la noche oscura, la culpa no es de la estrella sino tuya. En 1985 el entonces cardenal Joseph Ratzinger me sometió, por causa del libro Iglesia: carisma y poder, a un "silencio obsequioso"». Acogí la sentencia, dejé de enseñar, de escribir y de hablar en público. Meses después fui sorprendido con una invitación del Comandante Fidel Castro, pidiéndome pasar 15 días con él en la Isla, durante sus vacaciones. Acepté inmediatamente pues veía la oportunidad de retomar diálogos críticos que junto con fray Betto habíamos entablado varias veces anteriormente. Puse rumbo a Cuba. Me presenté al Comandante. Él, delante de mí, telefoneó inmediatamente al Nuncio Apostólico con el que mantenía relaciones cordiales y le dijo: «Eminencia, está aquí fray Boff; va ser mi huésped durante 15 días. Como soy disciplinado, no permitiré que hable con nadie ni dé entrevistas, así observará lo que el Vaticano quiere de él: silencio obsequioso. Velaré para que se respete. Y así fue. Durante 15 días, ya fuera en carro, en avión o en barco me mostró toda la Isla. Simultáneamente al viaje corría la conversación, con la mayor libertad, sobre mil asuntos de política, de religión, de ciencia, de marxismo, de revolución y también críticas sobre el déficit de democracia. Las noches se dedicaban a una larga cena, seguida de conversas serias que a solían llegar hasta bien entrada la madrugada. A veces hasta las 6 de la mañana. Entonces se levantaba, se estiraba un poco, y decía: «ahora voy a nadar unos 40 minutos y después voy a trabajar». Yo iba a anotar lo conversado y después, a dormir. Algunos puntos de aquella convivencia me parecen relevantes. Primero, la persona de Fidel. Es más grande que la Isla. Su marxismo es ético más que político: ¿cómo hacer justicia a los pobres? Después, su buen conocimiento de la teología de la liberación. Había leído una montaña de libros, todos anotados con listas de términos y de dudas que aclaraba conmigo. Llegué a decirle: «si el Cardenal Ratzinger entendiese la mitad de lo que entiende usted sobre teología de la liberación, bien diferente sería mi destino personal y el futuro de esta teología». Y en ese contexto confesó: «Cada vez me convenzo más de que ninguna revolución latinoamericana será verdadera, popular y triunfante si no incorpora el elemento religioso». Tal vez por causa de esta convicción prácticamente nos obligó, a fray Betto y a mí, a dar cursos sucesivos de religión y de cristianismo a todo el segundo escalón del Gobierno y, en algunos momentos, con todos los ministros presentes. Esos verdaderos cursos fueron decisivos para que el Gobierno llegase a un diálogo y a una cierta «reconciliación» con la Iglesia Católica y demás religiones en Cuba. Para terminar, una confesión suya: «Estuve interno en los jesuitas varios años; me dieron disciplina pero no me enseñaron a pensar. En la cárcel, leyendo a Marx, aprendí a pensar. Por causa de la presión estadounidense tuve que acercarme a la Unión Soviética, pero si hubiese tenido en aquel tiempo una teología de la liberación, seguramente la habría abrazado y aplicado en Cuba». Y remató: «Si un día vuelvo a la fe de mi infancia, volveré de la mano de fray Betto y de fray Boff». Llegamos a momentos de tanta sintonía que sólo nos faltaba rezar juntos el Padrenuestro. Yo había escrito 4 gruesos cuadernos sobre nuestros diálogos, pero en Río asaltaron mi carro y se llevaron todo. El libro imaginado jamás podrá ser escrito, pero guardo en mi memoria una experiencia inolvidable de un Jefe de Estado preocupado por la dignidad y el futuro de los pobres. |